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Cuentos de otros tiempos

Pequeño homenaje a todos los abuelos del mundo.

Entre los recuerdo más bonitos y entrañables de mi vida, están las largas tardes de invierno en casa de mis abuelos maternos, nonno Aldo e nonna Emilia.

He tenido la grandissima suerte de tener mi abuela conmigo muchos años, pero nonno Aldo, el ser más bueno de la tierra, nos dejó cuando era todavía adolescente.

A pesar de dejarnos tan pronto, un día de repente y sin apenas ruido, nonno Aldo ha sido  una presencia  costante en mi infancia y un gran referente en nuestras vidas.

Hoy su recuerdo sigue intacto a pesar de los años y procuro que su figura siga viva en mis hijos aunque no hayan tenido la suerte de conocerle.

Nonno Aldo nació antes de la primera guerra mundial y vivió las penurias de la segunda. Era un hombre tranquilo, más bien callado, muy sabio y culto a pesar de las escasas oportunidades de la epoca. Junto a mi abuela nonna Emilia, una mujer adelantada a su tiempo, fuerte, risueña y generosa criaron a sus cuatro hijos entre los cuales se encuentra mi madre Matilde, la más pequeña.

Volviendo a estas largas tardes de invierno, cuando me “obligaban” a dormir un ratito y yo me resistía porque desde siempre le he dedicado al sueño muy poquitas horas, mi abuelo se sentaba a mi lado y con su voz grave y pausada me contaba una y otra vez los cuentos que el mismo contaba a mi madre cuando era pequeña.

Como homenaje a nonno Aldo y a todos los abuelos del mundo, por su paciencia y cariño, sin el cual no seríamos las personas que hoy somos, he rescatado del baul de los recuerdo uno de mis preferidos

Nevina y Fiordaprile

de Guido Gozzano

Estoy segura que pocos de vosotros lo conoceréis, porque además no he encontrado ninguna traducción en español así que la he realizado como buenamente he podido especialmente para vosotros.

Aquí os dejo nuetra versión de este precioso cuento y espero os guste.

Os lo dejo también en formato “cuento” listo para imprimir por si queréis leer este cuento a vuestros príncipes y princesas una noche de estas.

Clicar este enlace

Nevina y Fiordaprile

Feliz semana

Sweet Marnie

Nevina y Fiordaprile

 

“Cuando el corcho pesaba

y la piedra era ligera

como el bucle de un niño

erase, erase, erase una vez……”

Una princesa cuyo nombre era Nevina y que vivía junto al padre Enero.

Ahí arriba, donde el candor era perpetuo, deslumbrante y inaccesible a los hombres, el rey Enero preparaba la nieve con una formula que el solo conocía;

Nevina la modelaba en peqeños moldes robados a las estrellas y a los edelweiss, y luego, cuando su cesta estaba llena la vaciaba y la esparcía a los cuatro puntos del horizonte, cuando su padre se lo ordenaba. Y así la nieve se difundía por el mundo. Nevina era pálida y diáfana, bella como las diosas que ya no existen: sus cabellos eran casi del color del oro, de un oro que la misma estrella polar intentaba imitar, su rostro y sus manos tenían el candor de la nieve aún por caer y sus ojos cerúleos eran como el azul de los glaciares.

Pero Nevina estaba triste. En las horas de descanso, cuando la noche era serena y estrellada y su padre Enero suspendía su obra para dormire sobre su inmensa barba fluyente, Nevina se apoyaba al balaustre de hielo, cogía su rostro entre las manos e miraba fijamente el horizonte lejano y empezaba a soñar.

Un buen día una golondrina maleherida que sorvolaba las montañas para llegar a las tierras del sol, cayó entre sus manos y Nevina la curó; mientras la golondrina temblaba dolorida y deliraba empezó a hablar del mar, las flores, los palmeras y la primavera sin fin.

Desde aquel día Nevina habia estado soñanado con aquellas tierras que nunca había conocido.

Una noche decidio ir en su busqueda.

Passó cautamente sobre la barba del padre Enero y dejó el hielo, la nieve eterna. Cogió el camino del valle y pronto se encontró en un bosque de abetos. Los gnomos, que la vieron pasar deslumbante entre las tinieblas de las foresta, interrupian sus danzas, se sentaban sobre las ramas y la miraban fijamente con ojos curiosos y risueños.

-Nevina, Nevina Adonde vas?

-Nevina danza con nosotros, no nos dejes!

Los duendes se apresuraban a su lado, e intetaban interponerse a su paso abrazando sus tobillos con todas sus fuerza, intentando atrapar sus pies ligeros con las ramas de las yedras y los helechos.

Nevina sonreía sorda a sus llamadas cariñosas, cogía de su cesta de plata  un puñado de nieve, y la esparcía a su alrededor, liberandose así de los pequeños compañeros de juego. Y seguía el camino silenciosa y ligera como las diosas que ya no existen. Llegó al valle, e cogió el gran camino. El aire se volvía cada vez más templado.

Una gran fatiga oprimía el corazon de Nevina, para respirar cogía de su cesta un puñado de nieve y la esparcía, así recuperaba las fuezas respirando el aire helado a su alrededor. Prosigió rapida y recorrío un buen trecho. En un cruce se detuvo con los ojos embelesados. Delante suyo se abría una inmensa extension azul que nunca había visto, como otro cielo que se extendidía en la tierra, agitados por manos invisbles. Nevina prosegió incredula. La tierra a su alrededor era cambiante. Anemonas, claveles, mimosas, violetas, rosales, narcisos, jacintos, jasmienes, hasta donde su mirada llegaba. Desde la colina hasta al mar, las  flores desbordaban como rios de petalos desde donde se ergian casas y arboles. Los olivos destendían su manto de plata, las palmeras se ergían rectas, como dardos lanzados al cielo. Nevina miraba extasiada todas aquellas cosas que nunca había visto y se olvidaba de esparcer la nieve, pero cuando ya no podía respirar se acordaba de tirar un puñado y de pronto los copos cándidos helaban el aire y le devolvía el aliento. Las flores, los olivos, las palmeras tambien ellos miraban estupefactos aquella joven diáfana que avanzaba en medio de una nube blanca y temblaban de frio a su paso.

Un joven bellisimo, con una chaqueta verde y violeta, apereció de pronto delante de Nevina y la miró fijamente a los ojos y prohibiendole el paso.

-Quien eres?

-Soy Nevina, hija de Enero

-Pero no sabes que este no es el reino de tu padre? Yo soy Fiordaprile y no está permitido avanzar en mis tierras. Vuelve a tus glaciares.

Nevina miraba al principe con ojos dulces y suplicantes y Fiordaprile se emocionó.

-Fiordaprile dejame avazar.

 -Me quedaré solo un rato. Tan solo quiero tocar aquella nieve azul, verde, violeta que llamaís flores, quiero summergir mis dedos in aquel cileo del revés, que es el mar.

Fiordaprile la miró sonriente y asintió. Vamos entonces. -Te enseñaré todo mi reino.

Prosiguieron juntos cogidos de la manos, mirandose a los hojos. Pero mientras Nevina avanzaba, una sombra gris ofuscaba el cielo azul, una nube de cándidos copos cubría los maravillos jardines. Pasaron por un pequeño pueblo en fiesta, donde los campesinos danzaban bajo los almendros en flor.

Nevina pidió a Fiordaprile que danzara con ella pero cuando empezaron a bailar, la musica cesó, el aire se hizo de hielo, el cielo se convirtió en gris y los copos empezaron a caer junto a los petalos de los almendros, la verdadera nieve que Nevina difundía cuando pasaba.

Los dos buscaron reparo.

-Nevina te quieres casar conmigo?

-Tus subditos no querrán una reina que difunde el hielo.

-No me importa, esta es mi voluntad.

Avanzaron, cogidos por las manos, mirandose a los ojos, felices, pero de repente Nevina se paró, estaba muy pálida.

– Fiordaprile! Fiordaprile!… Ya no me queda nieve, me siento morir, llevame al confin.

Fiordaprile la cogió entre sus brazos, y la llevó corriendo.

-Nevina, Nevina

Nevina no contestaba, y estaba cada vez más pálida.

Fiordaprile la cubrió con una capa de seda para reparla del sol ardiente, prosigió corriendo hasta llegar al valle para dejarla en manos del viento del norte, pero cuando levantó su capa Nevina ya no estaba.

Fiordaprile miró alrededor perdido y asustado, temblando. Donde estaría? La había perdido por el camino?  Se sentía desesperado, pero de repente su mirada se iluminó. Vió Nevina al otro lado del valle y le saludaba con la mano, sonriente. El frio viento del norte la alejaba por los caminos nevados, donde el hielo eterno, hacía el inaccesible reino del padre Enero.

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